Nuestra historia
Hay un momento que casi todas conocemos. Llegas a tu casa después de un día largo y lo primero que haces, antes que saludar, antes que sentarte, es quitarte los zapatos.
No es que te queden mal. Es que llevas doce horas de pie.
Nosotras pasamos el día así. Atendiendo, cargando, yendo y viniendo, resolviendo lo de todos. Y cuando llega el momento de comprar calzado, siempre aparece la misma trampa: si eliges lo cómodo, te ves como no quieres verte. Si eliges lo bonito, cuentas las horas para llegar a quitártelo.
A los veinte eso se aguanta. A los cuarenta y cinco ya no, y no tendría por qué aguantarse.
Lo que nadie dice

La mayoría de las marcas diseñan pensando en un cuerpo que no es el nuestro. Las proporciones de una mujer de cuarenta, de cincuenta, de cincuenta y cinco no son las de una de veinte, y aun así nos venden lo mismo con otra talla.
Por eso el pie se cansa donde no debería. Por eso la ropa nunca cae como en la foto. Y por eso terminamos pensando que el problema somos nosotras.
No lo somos. Nunca lo fuimos.
Cómo elegimos lo que entra
Primero se prueba que aguante el día entero. Si aguanta pero se ve de abuelita, no entra. Si se ve bien pero a las tres horas duele, tampoco.
No inventamos nada y no prometemos milagros. Simplemente no traemos nada que no cumpla las dos cosas.
¿Y por qué Teresa Ramírez?
Porque es el nombre de la señora que atiende el mostrador. De la maestra. De la enfermera del turno de noche. De la que lleva la papelería de la esquina. De tu mamá, y probablemente de alguien de tu familia.
No es una diseñadora. Son todas ustedes.
